Yo pensé alguna vez en contar aquí varias de las historias de mi familia, que son muchas y muy de película (desde la pariente agorafóbica que se pasó sus últimos veinte años sin salir de una habitación oscura en su casa hasta historias de novias plantadas a veinte minutos de la boda, primos secretos y la lucha de mi abuela contra la SGAE por cuatro duros que deben de estar dando las canciones de mi bisabuela reina del cabaret marroquí - va en serio), pero ahora que mi madre se ha acostumbrado (demasiado) a usar internet, como que me motivo menos.
Con estos antecedentes familiares, seguro que acabaré mis días en un psiquiátrico. O encerrado en una habitación oscura recordando a la novia que planté en el altar mientras me remuerde los intestinos que la SGAE no reconozca mi época cabaretera. Algo así.
La cuestión es que mi familia ya no es tan interesante como lo era hace treinta años (cuando había violinistas, cabareteras y agorafóbicas) y ahora lo único que hacen es pasarse la vida en mi casa. Porque desde mayo, cierta parte de ellos han decidido que no hay hotel más confortable de mi casa, y cada dos fines de semana se me plantan aquí parejas de viejos de 70 años y parejas de viejos de 30 años (que son peores), al grito de "oh, la costa gallega!", "vamos a preguntar a estos pobres postadolescentes (mi hermano y yo) por sus novias!" (lo cual en mi caso tiene más delito) y "ooooooh, están trabajando ya, qué monos!" (señora, no me joda, llevo cuatro años trabajando).
Para mi madre aún es peor, porque son de la familia de mi padre.
Para compensar este rollo, voy a contar lo de la cabaretera y los derechos de autor.
Resulta que mi bisabuela, antes de tener a su hija (mi abuela), vivió en Marruecos unos años. Antes, en España, había aprendido lenguaje musical, piano y blablabla, todas esas cosas que aprendían las señoritas de la alta sociedad que se aburrían (no se emocione nadie: mi familia ha perdido mucho, ahora somos muy middle-class, es lo que tiene el cabaret). La mujer escribió muchas canciones, algunas normales y otras más subiditas de tono, y en cierto momento, no sé por qué, se lió la manta a la cabeza, y como decidió que le quedaba bien como turbante, se fue a Marruecos, que de lo que tenía cerca, era lo más árabe que había, y se instaló allí con el dinero que le pimpló a su primer marido (ya era viuda a los 25, sospechoso) y montó un cabaret (que no sé yo cómo sería de represivo Marruecos en aquella época, pero por las fotos, el sitio era bastante depravado) con la ayuda de su novio de aquel momento. Y allí la mujer cantaba, tocaba el piano y enseñaba pierna. Hasta que llegado cierto momento se aburrió de despelotarse en público y se volvió a España (bastante menos forrada, porque con el cabaret perdió lo suyo) y se casó con mi bisabuelo. Todo esto antes de los 33 años. Después nació mi abuela y etc. etc. (esto ya lo supone todo el mundo). Y ahora mi abuela se ha acordado de las canciones de su madre (ya fallecida) y está peleando con la SGAE porque, aunque reconocen que el nombre de mi bisabuela está en sus registros, no quieren decirle cuántas obras están registradas, ni el dinero que están generando, ni nada. El abogado y yo le decimos que debe ser una miseria que además tendría que repartir con sus hermanos (menos con la agorafóbica, que ya está muerta), pero a ella le da igual.
A mi abuela tenían que haberla invitado a conferenciar en el
Copyfight.